martes, 19 de julio de 2016

El muro de telas.



                                    Poco a poco la tienda de telas iba dejando de ser ese sitio divertido que solía ser para él. Según iba creciendo, el niño iba notando que su pequeño mundo se quedaba cada vez más pequeño y que se sentía menos cómodo en él; que ese espacio lleno de aventuras, más imaginarias que reales, se convertía en un lugar triste donde el polvo acre, que se pegaba a la piel como una segunda piel, y el aburrimiento de las tareas repetitivas, iban ganando la partida a todo lo demás. Era como esas telas que se iban amontonando al final de la tienda, formando entre todas una especie de muralla infame donde lo que ayer fue algo deseable y deseado hoy se convertía poco más que en un estorbo colorido, unos retales que su padre no quería malvender por pena y que los clientes no querían comprar por hastío y porque -¿cómo no?- ya habían nuevas modas a las que seguir. El niño, sin embargo, aún no entendía que lo que ocurría es que, poco a poco, con paso titubeante, se estaba adentrando en los territorios terribles y duros de una adolescencia adelantada.                           

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