martes, 19 de julio de 2016

El muro de telas.



                                    Poco a poco la tienda de telas iba dejando de ser ese sitio divertido que solía ser para él. Según iba creciendo, el niño iba notando que su pequeño mundo se quedaba cada vez más pequeño y que se sentía menos cómodo en él; que ese espacio lleno de aventuras, más imaginarias que reales, se convertía en un lugar triste donde el polvo acre, que se pegaba a la piel como una segunda piel, y el aburrimiento de las tareas repetitivas, iban ganando la partida a todo lo demás. Era como esas telas que se iban amontonando al final de la tienda, formando entre todas una especie de muralla infame donde lo que ayer fue algo deseable y deseado hoy se convertía poco más que en un estorbo colorido, unos retales que su padre no quería malvender por pena y que los clientes no querían comprar por hastío y porque -¿cómo no?- ya habían nuevas modas a las que seguir. El niño, sin embargo, aún no entendía que lo que ocurría es que, poco a poco, con paso titubeante, se estaba adentrando en los territorios terribles y duros de una adolescencia adelantada.                           

viernes, 15 de julio de 2016

La silla vieja.


                      A veces su madre estaba triste. Él lo notaba porque se pasaba horas callada, sentada en aquella silla vieja medio desvencijada con la rejilla del asiento llena de agujeros por la que sentía un cariño especial, mirando por la ventana de la puerta del balcón y rezando un rosario tras otro. Lo sabía por eso y porque cuando lo miraba, en vez de ver en sus ojos la mirada de siempre, veía una sombra que el niño de la tienda de telas tardó años en descifrar como depresión contenida. Tal vez por eso no paraba nunca de hacer cosas, porque en los días como hoy, en los que, así, sin saber cómo o por qué se encontraba con unas horas en las que todo estaba hecho, su mirada se apagaba, se sentaba en la vieja silla con el asiento de rejillas lleno de agujeros, sacaba su rosarios del bolsillo y rezaba sin parar mirando a ninguna parte, con toda la tristeza del mundo en su mirada. El niño de la tienda de telas se sentaba a sus pies, callado, mirando también por esa misma ventana, tratando de descubrir la razón de esa tristeza que sentía su madre. Pero él solo veía la palmera del jardín, las buganvillas del vecino y allá, a lo lejos, el sol que se escondía a ratos entre unas nubes con las que él, a pesar de la tristeza de su madre, no podía evitar jugar a buscarle parecido.

martes, 14 de junio de 2016

Cambio de temporada.



                         Cada seis meses ocurría un evento especial: su madre y sus hermanas se ponían manos a la obra ordenando los roperos de su casa, guardando lo de la temporada que acababa y sacando lo de la que estaba a punto de entrar. Era el momento en el que el niño de la tienda de telas podía hurgar y toquetear todo aquello que, normalmente, le estaba vetado. Era una pequeña fiesta para él. Ver encima de las camas jerséis, camisas, pantalones, corbatas, ropa interior y hasta las mantas que nunca salían del ropero sino en esas ocasiones especiales, era para él la oportunidad que esperaba para revolverlo todo y jugar a ponerse esta o aquella prenda, para disfrazarse con las camisas ya en desuso y la vieja corbata de su padre o con los trajes de otras temporadas de sus hermanas, para escándalo de su madre y entre las risas de aquellas, que jugaban con él como si de un maniquí se tratara. El niño reía y se dejaba hacer. Le divertía verse con una bata estampada lo mismo que disfrazado de un diminuto señor serio, barbilampiño y con unas gafas ajenas cuya graduación lo hacían caminar como si estuviera borracho. Sin embargo, siempre había un armario que nunca se abría. Era como si en su interior se guardasen los secretos inconfesables de la familia. El niño, con esa imaginación tan desatada que tenía, se pasaba días enteros sentado en el suelo frente a él, mirándolo fijamente, esperando tal vez que, por arte de magia, sus puertas cerradas se abrieran de repente liberando lo que hubiera dentro. Algunas noches, sobre todo las inmediatas al arreglo de los roperos, acostado en su cama y tapado hasta las cejas, creía oír quejidos y crujidos que se escapaban de su interior, como si alguien o algo que lo habitara, llorara por estar siempre preso y pugnara, inútilmente,  por salir de su encierro.

miércoles, 8 de junio de 2016

Pancho y la lluvia.

                 
                              Los días de lluvia ponían triste al niño de la tienda de telas. Sus hermanas se reían de él. Para ellas era de lo más romántico mirar la lluvia caer tras la ventana del salón mientras suspiraban por un amor inexistente. Pero él no podía dejar de pensar que ahí fuera, seguramente mojándose y con frío, estaría su amigo Pancho, el viejo borrachito que se sentaba en los bancos del parque a ver pasar la vida entre trago y trago y a compartir su comida con las palomas. Seguramente las palomas y él eran los únicos seres vivos que se sentían cómodos con Pancho. El resto pasaba a su lado evitando hasta mirarlo, como si solo con posar su vista en él los fuera a contaminar con alguna enfermedad rara o, lo que al parecer era peor, con la pobreza. Para el niño, Pancho no era un pobre o un borracho. Era un tipo gracioso al que las palomas y algún gato, en vez de huir, se acercaban a hacerle compañía y él, a cambio, los alimentaba o jugaba con ellos. Por  eso no entendió el escándalo que se montó cuando dijo que él, de mayor, no quería trabajar en una tienda de telas sino ser como Pancho, libre y feliz. El niño de la tienda de telas no sabía aún que hay que tener cuidado con lo que se desea.

jueves, 2 de junio de 2016

Por quién doblan las campanas.



                             El hermano Mateo tenía todo el aspecto de un niño que nunca creció del todo, que una mañana se habría levantado así, encorvado, medio calvo, renqueante, y que, en vez de un pantalón, seguramente remendado, y una camisa heredada de algún hermano mayor o de su propio padre, en su ropero se había encontrado una sotana con muchos brillos de tanto uso y algún lamparón que otro, rebelde a los lavados, que le daban un aspecto entre entrañable y pobre y que él llevaba con tanta dignidad. Decían las malas lenguas, que tenían que ser muy malas para hablar del hermano Mateo, que entró en el seminario huyendo del hambre y de la guerra, pero que su mucha voluntad y sus pocas luces no le dieron para acabar siendo sacerdote y se quedó en eterno sacristán, pero él llevaba su sotana como si fuera el hábito papal. Más sucio y con algún remiendo que otro, es cierto, pero para él era al mismo tiempo un orgullo y un escudo. Una mañana de mayo, a mitad de la clase de geografía, las campanas de la iglesia tocaron a difunto. No era hora de misa y eso solo significaba que un padre de la congregación o un familiar cercano habían muerto. En el recreo corrían los rumores casi tanto como el balón. Unos decían que se había muerto Franco y que los militares estaban tomando las calles, que ellos los sabían porque sus padres eran comandantes. Otros, que quien había fallecido era el obispo y que por eso había tanto revuelo de curas para arriba y para abajo. La verdad es que a la mayoría les daba un poco igual y, pasado el primer momento, rodando los balones, las campanas de duelo se hubieran quedado en el olvido si no hubiera sido por los toques de silbato que cortaron el recreo para hacer formar en silencio a todos los alumnos. Era el hermano Mateo quien había fallecido. Dios, según el director del colegio, lo había llamado a su lado para premiarle tantos años de servicio, y nosotros íbamos a despedirnos de él como buenos cristianos: en fila, y en silencio, les dijo con su voz grave. Y sin más preámbulos, hizo pasar a todos los niños en dos filas delante de un ataúd demasiado grande para un cuerpo que, si estando vivo era más bien pequeño, la muerte parecía haber encogido aún más.  El niño de la tienda de telas recordaría siempre que esa fue la primera vez que vio al hermano Mateo con una sotana nueva y limpia, pero claro, el resto de los curas también habrían pensado que no era cuestión que se presentara ante Dios a recoger ese premio que el director dijo que le iba a dar por no sabía cuántos años de duro servicio, con la sotana vieja, raída y con los lamparones que llevaba siempre. Normal.

martes, 24 de mayo de 2016

Los Fundamentos.

                

                 La regla de madera de abedul marcaba el ritmo con su golpeteo sobre la mesa mientras las voces más o menos acompasadas de cuarenta niños cantaban los  doce principios doctrinales del movimiento nacional: El I establece la unidad nacional y el deber de todos los españoles de servir a la Patria. Palmetazo. El niño cantaba, como todos, de manera mecánica, sin fijarse realmente en lo que decía. Con el cuerpo en la clase y la mente en las palabras que el profesor había dicho poco antes: Franco, ayudado por Dios, había expulsado a los rojos de España y había instaurado el mayor periodo de paz y prosperidad de nuestra historia. Era la segunda vez en pocos días que escuchaba eso de los rojos y su imaginación, como siempre, se había disparado jugándole una mala pasada. ¿Cómo serían esos rojos? Palmetazo. El VII instaura la Monarquía como forma política con las notas de la tradición católica, social y representativa. Palmetazo. El niño se preguntaba si esos soldados rojos serían como los pieles rojas que veía en las películas del oeste, si llevarían plumas y dispararían flechas también y por eso perdieron la guerra contra Franco, como los otros la perdieron contra Custer. Porque Franco no disparaba flechas ni tenía pluma, sino un hermoso uniforme con el que se hacía las fotos que luego colgaba en las clases de su colegio. ¡De qué se ríe! ¿Le parecen graciosos nuestros principios fundamentales? El profesor, enjuto, falangista de pro, decían en los corrillos de patio que mutilado de guerra en sus partes viriles, se levantó de un salto y avanzaba, regla en mano, hacia el niño de la tienda de telas que, sin darse cuenta, y ante la idea de un Franco con plumas, arco y flechas, se había reído. La regla temblaba en su mano como si fuera ella la que sentía esa rabia contenida a punto de desatarse y no él mismo. El niño sabía que estaba en un buen aprieto. ¡Diga, qué le hizo tanta gracia de nuestra Ley promulgada por el Caudillo! El niño sudaba, al profesor le temblaba el labio superior y la regla se alzaba como si de la espada de un arcángel vengador se tratara. Era mejor callarse y aguantar el golpe antes que decirle la verdad, así que cerró los ojos y soportó el palmetazo en el muslo, que sonó seco como un tiro, y la expulsión de clase. Desde fuera, de rodillas ante la puerta, podía seguir oyendo al resto de la clase cantar. Palmetazo.

jueves, 19 de mayo de 2016

Don Manuel.



                     El coche se detuvo en medio de una nube de polvo y moscas  junto a la casa que había en medio de la finca de Manolo Pérez, Manolito el de Maruca para casi todos. Su padre, sin embargo, insistía en llamarlo don Manuel. Decía que a la gente que se ganaba el pan con sus manos, especialmente a la que trabajaba en el campo, siempre había que tratarla de usted. Al niño de la tienda de telas le encantaba acompañar a su padre en las visitas que hacía a la finca de don Manuel. Era una finca grande, llena de plantaciones, animales y árboles frutales. Don Manuel tenía negocios con su padre, aunque él nunca supo cuáles ni de qué tipo. Ellos se encerraban en un pequeño cuarto donde había una mesita y un par de sillas mientras su madre y Carmencita, la mujer de don Manuel, se sentaban en unas mecedoras de mimbre a hablar de sus cosas mientras tomaban unas limonadas. Él aprovechaba para recorrer la finca con Pepote, un peón con tanta raña como años -y años tenía para aburrir- molestando a las cabras, huyendo de las vacas o cogiendo de su higuera preferida un cesto con unos higos dulces y grandes como nunca pudo encontrar en otro sitio. Don Manuel, Manolito para casi todos menos para su padre y para él, era un hombre seco en su trato. Decían que en la guerra vistió camisa azul bordada en rojo y participó junto con otros en algunas sacas nocturnas: viejas venganzas de familias, peleas por lindes, o simplemente rencillas por amores de juventud, que se arreglaron malamente al amparo de una guerra. Dicen que cuando todo acabó su finca era la mayor del pueblo, pero que nadie se atrevió a reclamarle nada. El niño de esas cosas tampoco entendía nada. Solo jugaba a molestar a un enorme cochino negro que Pepote llamaba Lolo y que el niño hurgaba en el lomo con una caña hasta hacerlo gruñir mientras el peón comentaba a media voz: mira, mira cómo se cabrea el Lolo, el viejo cabrón. Dale, dale duro al viejo hijo puta. 
                Y se reía con una boca que parecía una cueva negra, apestosa y desdentada.